EL PAÍS DE LAS MUJERES BELLAS


Nací en San Fernando de Apure el 3 de octubre de 1979 año en que Maritza Sayalero Fernández ganó por primera vez el Miss Universo lo cual marcó los sueños de las jóvenes de mi generación pues, altas o no, la mayoría crecimos con la ilusión de participar en el Miss Venezuela y seguir los pasos de Cristal Montañez, Irene Sáez, Maite Delgado y Viviana Gibelli, entre muchas otras.

Así a temprana edad hice que mis padres me inscribieran en un curso de modelaje y a pesar de que muchos me decían que sería modelo de radio yo, al igual que la mayoría de mis compañeras, tomé las clases muy en serio. Con el tiempo entendí que no todas habíamos nacidos para participar en un certamen de belleza pero no por eso dejábamos de ser hermosas. Que lo importante era lo que teníamos que ofrecer más allá de unas medidas perfectas y que un saludo con una sonrisa cálida y un gesto amable valían más que una corona.

Y es que la mayoría de las adolescentes de mi generación sufrimos por no ser lo suficientemente altas y no ir al Miss Venezuela o por esperar el primer beso de nuestro príncipe azul sin imaginarnos que estábamos viviendo en un paraíso en el que pronto llegaría el lobo a robarle su color a Caperucita. Así nos espantamos con el Caracazo y nos horrorizamos en las dos intentonas de golpe pero jamás pensamos que el terror vendría a quedarse por tantos años.

Por más que Luis Herrara Campíns haya dicho en su discurso inaugural que había recibido un país hipotecado y que en toda nuestra historia democrática haya habido corrupción, los jóvenes tenían futuro, nuestro país era el ejemplo a seguir por sus vecinos y receptor de inversionistas extranjeros que apostaban a una Venezuela prospera y brillante.

Y es que con tanto tiempo sin ver a mis padres extraño el poder tener la libertad de escoger donde quiero estar y lloro por no tener la capacidad de ayudar a las personas que amo y que están allá acorraladas con una inflación que les ha robado los sueños a los jóvenes de representar a nuestro país y volver a casa a triunfar en cualquier carrera que les guste como lo hicieron los ídolos de nuestra generación.

Anhelo volver a mi país y reírme de esta pesadilla, abrazar a mis padres, a mis hermanos, a mis vecinos, a mis compañeros… Reconocer en los extraños aquella alegría que nos caracterizó por muchos años  pero que la inseguridad, la escases y la desesperanza nos han robado.

Añoro con viajar y que los agentes de inmigración al mostrar mi pasaporte no me pregunten si vine a quedarme sino más bien que me den la bienvenida y me digan: ¡Venezuela, el país de las mujeres bellas e inteligentes!

Nasbly Kalinina

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