HORACIO MEDINA: EL MEJOR PAÍS DEL MUNDO


Hijo de inmigrantes: ¿A dónde te llevaron las olas?,

Luego que con un pito te mandaron a la horca.

Llora tu patria, llora nuestra Patrona,

Desde lo lejos porque la dejaste sola.

Era el mes de julio del año dos mil cinco y el país se encontraba muy revuelto, desde ya el principal tema de conversación en las calles eran las elecciones presidenciales del siguiente año en que muchos ciudadanos esperaban salir del régimen de Chávez.

También se hablaba de los perseguidos políticos, de los ex trabajadores de Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (PDVSA) y en especial de un señor llamado Horacio Medina a quien le habían dictado una medida cautelar privativa de libertad en diciembre y de quien se decía había huido a Estados Unidos.

En medio de ese escenario fue que Paula Brito se graduó de periodista en la Universidad Central de Venezuela y no en vano se había apasionado tanto con la situación política del país. La señora Josefina comenzó a preocuparse por la salud de su hija, pues, día y noche se la pasaba atenta a todas las noticias que en algunos casos sonaban muy alarmistas ante la crítica de los esposos Brito. De allí que la convencieron de pasarse una temporada en Miami para que despejara su mente y decidiera donde quería trabajar.

En Miami, Paula rentó un apartamento cerca de la playa para disfrutar de la brisa marina y bajar todos los días a leer en el café desde el que podía ver el plácido mar. En las tardes iba a degustar la gran variedad culinaria del bulevar para luego recorrer las tiendas y quemar las calorías probándose toda la ropa que podía para complacer a su madre y volver con una docena de maletas con vestuario nuevo.

Luego de una semana se sintió fastidiada y quiso volver a casa por lo que se quedó en el apartamento organizando su viaje de regreso. Llamó a una pizzería para que le llevaran una grande con queso para no tener que salir a perder el tiempo. Cuando sonó el timbre, se acercó a la puerta, verificó por el hoyuelo, vio que en efecto era su tan ansiosa comida pero al abrir la puerta se sorprendió al reconocer al repartidor.

Horacio Medina vestido de jean, camisa y capucha con el logo del restaurant para el que trabajaba, le sonrió, la saludó y le entregó la pizza a una Paula que le tomó varios minutos para reaccionar e invitarlo a pasar. Él se disculpó diciendo que aún le faltaba un par de horas antes de terminar la jornada. Intercambiaron sus números telefónicos y debido a la insistencia de aquella recién graduada periodista quedaron en verse esa misma noche en una librería.

A eso de las nueve de la noche Horacio Medina con una mirada cansada se encontró con una Paula llena de curiosidad. Hablaron hasta casi las once, hora en que cerraron la librería, se despidieron con la promesa de volver a verse con lo que fue el inicio de una hermosa amistad. Paula volvió a casa a desorganizar su viaje pues ahora tenía la oportunidad de conocer una parte crucial de la historia venezolana de mano de uno de los protagonistas más emblemáticos de la época.

En pocas horas, la periodista, había aprendido que Horacio Medina era hijo de inmigrantes de las Islas Canarias quienes llegaron a Venezuela durante el régimen de Pérez Jiménez. Nació en Caracas el veinte de mayo de mil novecientos cincuenta y tres justamente el año en que aquel dictador asumía el poder lo que quizás, irónicamente, marcaría su vida al ser muchos años después víctima de otro tirano militar quien llegó al poder de forma democrática para instalar uno de los peores gobiernos que ha tenido el país sureño.

Al contrario de la idea que tenía Paula de Horacio, él venía de una familia muy humilde, con quien vivió por muchos años en varias de las zonas más modestas de la ciudad capitalina. Su papá quien fue carpintero terminó manejando taxis para mantener el hogar y murió a temprana edad de un infarto. Su mamá fue conserje en un edificio en el que Horacio llegó a ir varias veces para ayudarla limpiando las escaleras y ganar su propio dinero. Posteriormente, también trabajó en una compañía familiar en la que de motorizado cobrador pasó a ser despachador y facturero.

De esa manera, desde temprana edad, Horacio aprendió a combinar su vida laboral, social y estudiantil de forma eficaz hasta graduarse de ingeniero en la Universidad Central de Venezuela  donde fue presidente del Centro de Estudiantes y llegó a tener muchos amigos quienes pertenecían, en su mayoría, a la izquierda dado que durante los años setenta y seis y setenta y siete era la tendencia que predominaba en el ámbito universitario.

Con su título en mano logró entrar a trabajar en PDVSA en donde ascendió continuamente hasta la llegada de Chávez al poder. Dentro de sus cargos más destacados se cuenta la presidencia de la Sociedad Venezolana de Ingenieros de Petróleos de Venezuela lo que le permitió conocer mucho más personas dentro de las diferentes divisiones de la misma.

Siempre había pensado que los militares tenían el deber de proteger la patria más no de gobernarla y menos alguien que había tratado de dar dos golpes de estado que llenaron de sangre las calles del país. Sin embargo, al ver tanta gente que él admiraba creyendo en el discurso que aquel vendió durante la campaña presidencial dudó sobre su posición y se preguntó a sí mismo si estaba equivocado y si era hora de darle una oportunidad a los militares de asumir la presidencia.

— ¿Cómo es posible que un hombre tan bien formado cómo usted se haya dejado influenciar hasta el punto de poner en tela de juicio su opinión sobre los militares al frente de un país?— Preguntó Paula mientras caminaban a orillas de la playa. Sus continuas entrevistas se habían vuelto mucho más relajadas a medida en que su amistad se iba afianzando.

—Hija, ya te he dicho varias veces que una de las virtudes más difíciles de adquirir es la humildad y ello se pone en evidencia principalmente cuando nos toca ceder ante nuestras posiciones. En ese tiempo yo estaba rodeado de muchas personas altamente calificadas a las que llegué a admirar mucho y cuando uno ve que la gran mayoría de una sociedad cree en una salida uno no puede ser tan terco, tiene que bajar la guardia y evaluar los hechos con ojo crítico. Es decir, ser humilde y eso fue lo que hice aunque el tiempo me demostró que yo y la minoría estábamos en lo correcto.

Paula recordó en ese momento que Horacio era un hombre que había sido humillado públicamente al ser despedido por el mismísimo presidente en cadena nacional con un pito junto a otros seis compañeros. Que fue a él a quien le correspondió anunciar el paro petrolero de abril del dos mil dos ganándose con ello el odio y persecución del regente y apoderado del país teniendo que asilarse en la ciudad de Miami a la que llegó luego de escapar de Venezuela por tierra hasta Colombia desde donde viajó a Aruba y luego a Estados Unidos.

Se imaginó lo terrible que tuvo que haber sido tanto para él como para las otras dos personas que lo ayudaron a llegar a Colombia, el estrés originado por el miedo de ser reconocido y capturado, la rabia y la tristeza de tener que dejar el país que tanto amaba junto a su familia y amigos a quienes quizás jamás podría volver a ver.

Por más que Paula intentaba entender lo que Horacio había vivido para salvarse de la revancha de su poderoso enemigo no pudo imaginarse el sufrimiento que una persona en aquellas circunstancias sentía. Ante sus dudas, Paula se comunicó con su amiga Inés Gabriela para que la ayudara a descifrar aquella situación que para ella era ajena, pedido que aquella le correspondió de la siguiente manera.

 

Vivir en el exilio es:

Como amanecer en oscuridad

Oscuridad interminable e infinita,

Infinita por la soledad en otras tierras,

Tierras ajenas

Que por mucho que uno quiera

Jamás serán las maternas

Porque siempre se será extranjero,

Aun para quienes como uno

Nacieron de otras que no fueron ellas.

Es vivir con una opresión en el pecho,

Con una ausencia,

Ausencia de los amores que se recuerdan

Amores que se llevan en el alma

Y que desde lo lejos se incrementan.

El exilio es estar preso

En una jaula disfrazada de libertad

En la que todo es ajeno

Y en la que nuestros sentidos se entristecen

Al no reconocer los olores y sabores

Con los que fuimos creciendo.

 

Paula le leyó el poema a Horacio quien lo complementó diciendo que el exilio era para él, todo lo que Inés Gabriela había descrito pero además como un ardor que le quemaba el alma, un sentimiento de soledad infinita, un terror al verse sin dinero en un país donde nadie lo esperaba y en el que tuvo que empezar desde cero lo que a los cincuenta y dos años le aterró mucho más.

—A un mes de llegar a Miami me detectaron cáncer en la lengua y me sentí desesperado, sin rumbo, extrañando más que nunca a mi familia, mi casa, mi país, todo lo que por tantos años había sido el eje de mi vida, y que por la soberbia de un hombre había perdido.— Agregó Horacio con lágrimas en los ojos y sin ánimo de ocultarlas, la confianza que ya le tenía a aquella joven que podría ser su hija le permitió demostrar lo frágil que era su alma ante tanto dolor que hasta le había hecho sufrir un infarto.

Paula se quedó sin palabras y le dio un fuerte abrazo porque no solo era un amigo y compatriota si no un ser humano con mucha falta de cariño al estar lejos de su patria sin poder regresar.

Los años pasaron. Hoy, Horacio Medina goza de una mejor situación económica y afectiva porque debido a su constancia y perseverancia ha logrado asesorar diferentes empresas petroleras y su actual esposa le ha brindado el amor que tanto añoraba. Recostado en su sofá favorito reflexiona y se da cuenta de que aún se siente extranjero en USA pero que tristemente también se siente ajeno en Venezuela porque el país que dejó es muy diferente al de estos días. Lamenta que durante sus años en el exilio no ha podido estar con su familia durante momentos de alegría y duelo pero se siente agradecido por los nuevos amigos con quienes ha aprendido a valorar mucho más aquello que llaman: solidaridad.

Hace poco Paula regresó de Caracas y pasó a visitar a la feliz pareja. La señora Medina les ofreció una limonada bien fría para que se refrescaran mientras se ponían al día y es que sabía que cuando ese par se encontraba no dejaban de hablar sino hasta que el cansancio los vencía. La situación del país ocupaba la mayor parte de la tertulia y como siempre Horacio ratificó su confianza en que algún día regresará a una nueva y mejor Venezuela porque cree en la reserva moral heredada de los ancestros y que sigue vive en los jóvenes valientes y guerreros por la que hay que apostar.

Horacio está convencido que Venezuela es el mejor país del mundo y que para salir de las nubes negras, oscurecidas por poner los intereses sobre los principios, hay un camino que es el proceso electoral por lo que en Miami forma parte de la secretaría ejecutiva de la Mesa de la Unidad Democrática –MUD– porque sabe que el secreto del cambio está en la unidad por encima de cualquier interés particular y aunque nunca ha pertenecido a ningún partido político los defiende. Con esas ideas Paula regresó a su apartamento a eso de la media noche llena de optimismo soñando en celebrar junto a su amigo la nueva realidad.

Nasbly Kalinina.

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