JOSÉ ANTONIO COLINA: SOBERANÍA, JUSTICIA Y SOLIDARIDAD


1610004_913761988672343_7975379593468977901_nEra el diecisiete de abril del dos mil catorce y la señora Gisela Pulido se encontraba en la habitación de su hijo José Antonio quitándole el polvo a las fotos que colgaban sobre una de las paredes. En una de ellas se observaba a un subteniente esbelto con su uniforme de gala azul quien posaba orgulloso al lado de sus padres al graduarse de Licenciado en Ciencias y Artes Marciales, en otras se revivían momentos en los que recibió varios de los tantos reconocimientos por su destacada labor como estudiante, no en vano se había graduado Magna Cum Laude en su especialización en Seguridad y recibió muchas condecoraciones durante su ejercicio militar.

Gisela al igual que su esposo Antonio Colina se sentía muy honrada al tener a un hijo tan excepcional, sin embargo, ese día en que su tesoro estaba cumpliendo cuarenta años no pudo evitar llorar en la soledad de aquella fría habitación que se hacía cada año más enorme por la ausencia de aquel con quien Dios le había dado la dicha de ser madre y que por defender sus principios tuvo que huir a Miami para no ser injustamente encarcelado por el gobierno.

—Vieja: ¿Qué hace llorando? Feliz y agradecida es lo que debe de estar porque nuestro hijo está libre por los miamis y no en las manos de unos verdugos que ya hasta nos lo hubieran matado. Vaya y lávese esa cara que ya están por llegar la niña María Eugenia y el joven Víctor Manuel con los regalos que nos mandó nuestro muchacho— Ordenó el señor Antonio disimulando el dolor que él también sentía. Ya eran más de diez años sin ver a José Antonio y por más que quisieran evitarlo su ausencia ya les apretaba el pecho a ambos. Así luego de ver salir a su esposa de aquella helada habitación, no por el frío si no por el vacío que había dejado su pequeño, se permitió bajar la guardia con un profundo suspiro cargado de amor ante aquellos recuerdos que se habían transformado en anhelo de volver a ver y abrazar a su tan extrañado retoño.

A eso del mediodía María Eugenia Escalona les tocó la puerta de su casa. Ella y Víctor Manuel habían conocido a José Antonio Colina durante las protestas en la plaza Altamira y desde entonces se habían hecho muy buenos amigos. En aquella oportunidad iban a visitar a los esposos Colina para entregarles unos regalos que les había enviado su hijo desde Estados Unidos. María Eugenia acababa de pasar un par de semanas en aquel país donde se actualizaron con las noticias del gobierno venezolano.

—¡Buenos tardes, señora Gisela y señor Antonio! ¿Cómo están? Espero que bien, por aquí les traigo los regalitos que les mandó su hijo—. Los saludó María Eugenia con un abrazo y un beso a ambos.

—¡Buenos tardes mi niña! Tú siempre tan encantadora y risueña. Ven, pasa y siéntate por aquí, a mi lado, para que me cuentes cómo viste a mi muchacho— Comentó Gisela mientras combatía con sus lágrimas de emoción ante la mirada controladora e imponente de su marido.

—Con mucho gusto, pues a eso he venido; pero antes les voy agradecer que me den un vasito con agua porque Víctor Manuel me tiene dando vueltas desde esta mañana. Cuando le dije que venía a verlos se empeñó en traerme para aprovechar y correr un rato en el complejo Los Criollitos. Ya sabe que él es fanático del béisbol y aunque no sabe ni como agarrar un bate se llena de orgullo con tan solo pisar el mismo terreno donde se formaron Bob Abreu, Andrés Galarraga y Omar Vizquel. Allá lo dejé y me vine, cuando vi la hora no quise perder ni un minuto más para traerle la encomienda de José Antonio.

—Yo se lo dije a mi vieja. La niña María Eugenia va a llegar a las doce en punto porque ella estudió en ese colegio inglés tan prestigioso llamado San Joaquín y Santa Ana y los que allí se forman salen muy responsables y puntuales— Comentó el señor Antonio para luego ordenarle a su esposa que le trajera el agua a la invitada a lo que esta obedeció con gran emoción trayendo a además unos sánduches de jamón y queso para compartir mientras hablaban.

—Muchas gracias a ambos. Ahora sí, les cuento que José Antonio está más radiante que nunca, ya saben que es un luchador incansable, capaz de levantarse de cada caída por muy dura que sea y de ayudar a otros a hacer lo mismo. Es precisamente por ese afán de auxiliar a sus compatriotas que creó la fundación conocida como VEPPEX que significa Venezolanos Perseguidos en el Exilio el cual tiene como fin principal el reunir a todas las personas perseguidas por este régimen socialista del siglo veinte uno y que se encuentran en el sur de la Florida para trabajar juntos y derrotar este sistema totalitario fracasado. No les niego que duerme poco. Equilibrar su trabajo como jefe de almacén de una compañía para poder subsidiar sus gastos personales mientras lleva las riendas de esta organización requiere de mucho esfuerzo de su parte, pero ya lo conocen; le gusta emprender misiones de carácter transcendental y generalmente peligrosas así que estas actividades las ha ejercido con la responsabilidad y seriedad que lo caracterizan. De hecho, creo que es ese dinamismo el que lo mantienen en forma de cuerpo y mente pues, me parece increíble lo bien que está luego de todo lo que ha tenido que vivir— Enfatizó María Eugenia mientras recordaba que su amigo había sido acusado de terrorista por el gobierno de Hugo Chávez Frías al responsabilizarlo de las explosiones de las bombas en el consulado de Colombia y la Embajada de España en Caracas razón por la que tuvo que huir a Colombia donde permaneció por treinta días en donde los paramilitares le hicieron saber que no estaba a salvo teniendo que irse a pedir asilo a los Estados Unidos.

En efecto, José Antonio Colina fue víctima de la venganza de Chávez por haber sido uno de los militares que en el dos mil dos en la plaza Altamira le exigieron la renuncia a su comandante en jefe. A Colina no le gustaba que el presidente usara a la Guardia Nacional para reprimir a la población cuando habían pequeñas manifestaciones y a pesar de que no lo conoció en persona participó en una conspiración para impedir que ganara las elecciones.

A su llegada a los Estados Unidos fue detenido por los agentes de inmigración y encarcelado por dos años y cuatro meses debido a las acusaciones que pesaban en su contra. Por esa misma razón no le dieron el asilo político pero le dieron una protección de las Naciones Unidas contra la tortura porque el juez a cargo de su caso determinó que su vida corría peligro si lo regresaban a Venezuela. Esa condición es la que le permite vivir en los Estados Unidos hasta que cambie la situación política en Venezuela.

En la prisión del condado de Wakulla en la Florida, donde fue recluido, se ganó el respeto de los otros detenidos gracias a sus habilidades en el baloncesto el cual ha sido siempre su deporte favorito. Mientras jugaba con los reclusos recordaba a sus amigos del barrio con quienes pasó mucho tiempo mejorando sus habilidades en este juego y quienes ya estaban muertos debido a que eran delincuentes o drogadictos. Sabía que la diferencia entre ellos y él era que venía de una familia bien establecida en la que el padre le exigió siempre mucho orden mientras que su madre le inculcó una verdadera fe en Dios. Enseñanzas que no solo lo salvaron de caer en malos pasos durante la adolescencia sino que también lo ayudaron a tener la fuerza para mantener sus principios durante aquellos años de soledad y encierro.

—José Antonio es un digno reflejo de la educación que le dieron sus padres y un ejemplo a seguir para los jóvenes sobre todo para aquellos quienes creen que las personas que provienen de clase baja no tienen otro camino si no la miseria y el vandalismo. Como sociólogo el conocer estos casos reales de personas emprendedoras capaces de renacer desde el agobio de la clandestinidad y de la cárcel es un tema de estudio y en lo personal me llena de mucho orgullo contar con individuos así entre mis amistades pues mi abuela Ana Mercedes siempre decía que más valía tener pocos amigos que con su ejemplo nos mostraran el buen camino a seguir que el estar rodeado de aduladores que nos guiaran hacia la maldad y a nuestra propia destrucción —Comentó Víctor Manuel quien había llegado justo cuando María Eugenia comenzaba a poner al día a sus anfitriones de su único y amado hijo José Antonio Colina.

—Su abuela era una sabia. Definitivamente, es mejor estar solo que mal acompañado. En cuanto a nuestro hijo sabemos que para él, el país está primero, porque sin país no hay familia, no hay nada. Por eso desde aquí cuenta con nuestro apoyo incondicional porque a pesar de lo duro que sabemos que le ha tocado durante su exilio allá puede hacer mucho más que desde aquí donde quizás ya nos lo hubieran matado— Dijo el señor Antonio sin disimular lo mucho que extrañaba a su hijo.

El tiempo pasó volando y la tertulia se extendió hasta eso de las cinco de la tarde cuando María Eugenia le entregó las medicinas y los regalos que José les había enviado. Sin olvidar que el único temor de su amigo era no encontrarlos con vida. De esta manera se despidieron con un fuerte abrazo. Ya montados en el carro, Víctor Manuel le pidió a María Eugenia hacer unos minutos de oración para pedirle a Dios y a la Virgen que el sueño de Colina de que nunca más un venezolano tuviera que irse del país porque otro lo quiera se hiciera realidad muy pronto porque él mismo no se podía imaginar estar lejos de sus seres amados sin tener la posibilidad de volver a verlos hasta que los culpables de su desdicha desaparezcan en la clandestinidad del olvido debido al trauma causado por su incompetencia para regir a un estado al que dividieron para hundirlo en llanto.

Nasbly Kalinina.

 

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